Educación emocional: aprendiendo a sentir

Por Edison Díaz, Rector (S) CFTOH

En un mundo marcado por los constantes cambios sociales, económicos y tecnológicos, la educación emocional ha emergido como una herramienta clave para el desarrollo integral de las personas. Hoy más que nunca, entender y gestionar las emociones resulta fundamental para enfrentar los desafíos diarios, fortalecer las relaciones interpersonales y promover el bienestar personal y colectivo.

La educación emocional busca enseñar a reconocer, comprender y regular las emociones propias y las de los demás. Este proceso no solo contribuye a una mejor salud mental, sino que también favorece la toma de decisiones responsables, el desarrollo de la empatía y la mejora de la comunicación.

Desde temprana edad, los niños comienzan a experimentar emociones como la alegría, la tristeza, el miedo o la frustración. Sin embargo, muchas veces no cuentan con las herramientas necesarias para gestionar estas sensaciones de manera adecuada. Aquí es donde la educación emocional cobra relevancia, al ofrecer estrategias que permiten canalizar esas emociones de forma positiva.

Diversos estudios han demostrado que los programas de educación emocional en las escuelas pueden mejorar el rendimiento académico y disminuir los niveles de ansiedad y estrés. Pero su impacto no se limita al ámbito educativo: también se extiende a la vida familiar, laboral y social.

Entre las principales estrategias utilizadas en la educación emocional se encuentran la práctica del mindfulness, el aprendizaje cooperativo, la resolución pacífica de conflictos y la identificación y expresión de emociones. Estas técnicas ayudan a fortalecer competencias esenciales como la autoconciencia, la autorregulación y la inteligencia emocional.

Por ejemplo, el mindfulness, más conocido como “atención plena” enseña a vivir el presente y a aceptar las emociones sin juzgarlas, lo que puede reducir la reactividad emocional y aumentar la capacidad de concentración. Por su parte, el aprendizaje cooperativo fomenta la empatía y el trabajo en equipo, habilidades indispensables en un entorno cada vez más colaborativo.

A pesar de sus beneficios, la educación emocional aún enfrenta ciertos desafíos en su implementación. Durante mucho tiempo, el sistema educativo ha priorizado el desarrollo cognitivo, dejando en un segundo plano las emociones. Sin embargo, el creciente interés por una educación más holística y centrada en el ser humano ha impulsado la incorporación de programas emocionales en diversos países.

En Chile, por ejemplo, algunas instituciones educativas han comenzado a integrar la educación emocional en sus planes de estudio, promoviendo ambientes más inclusivos y respetuosos. Además, cada vez más padres, docentes y expertos reconocen la importancia de complementar la formación académica con herramientas que favorezcan el bienestar emocional de los estudiantes.

La educación emocional no solo prepara a las personas para enfrentar situaciones adversas, sino que también promueve una cultura de paz, respeto y solidaridad. En un mundo donde el estrés y la incertidumbre son parte del día a día, aprender a sentir y gestionar las emociones se ha convertido en una habilidad esencial para construir un futuro más humano y sostenible.

En definitiva, la educación emocional es un recordatorio de que las emociones no deben reprimirse ni temerse, sino entenderse y canalizarse. Solo así podremos alcanzar un verdadero desarrollo integral, donde el corazón y la mente trabajen en armonía para el bienestar propio y de quienes nos rodean.

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